¿Todos contra Leonel?
Por Isaac Feliz
En las últimas semanas se ha puesto en marcha una campaña en varios frentes con el objetivo de sembrar en el electorado la idea de que el presidente Fernández “no conecta”. Aparentemente, el propósito es desplazarlo de sus aspiraciones políticas, respondiendo a la vieja máxima atribuida a Joseph Goebbels: “repite mil veces una mentira y se convertirá en verdad”.
Al mismo tiempo, esas mismas personalidades promueven a otros actores que fueron protagonistas en procesos electorales pasados, no por haber resultado victoriosos, sino por haber encabezado campañas que, en su momento, fueron calificadas como las más costosas de la historia. Sin embargo, pese a los cuantiosos recursos invertidos, no lograron imponerse en las urnas.
En el mundo de la razón, la ciencia y los sustantivos, esa narrativa se derrumba cuando se plantean las siguientes preguntas: ¿cómo es posible que no conecte quien pasó de un 5 % a un 30 % de apoyo electoral? ¿Conectan quienes, aun estando en el poder, han visto desplomarse sus niveles de simpatía? ¿O quienes, pese a gastar sumas millonarias, no lograron conquistar el respaldo mayoritario de la población? Por el contrario, muchos de ellos terminaron desmoronándose políticamente al ser caricaturizados por la población, incapaces de abordar siquiera los problemas más elementales de la nación.
La insistencia en imponer en el imaginario colectivo la idea de que Leonel no conecta demuestra, precisamente, la dimensión de su liderazgo. A pesar de que contra él se han dirigido el sable y la bayoneta, permanece de pie en el corazón y la mente de muchos dominicanos, semejante a una colina que se eleva hacia lo más alto del firmamento nacional.
Quienes no comprenden la naturaleza de ese liderazgo creen que pueden derribarlo con narrativas superficiales y acusaciones banales. Sin embargo, Leonel se ha convertido en un sentimiento, al ser visto como el referente que, en un momento determinado, rescató al país de manos inexpertas y lo levantó del polvo, como Lázaro al salir de su tumba, y nos convirtió en la estrella del Caribe, que hoy, por la improvisación, parece eclipsada.
En las últimas semanas se ha puesto en marcha una campaña en varios frentes con el objetivo de sembrar en el electorado la idea de que el presidente Fernández “no conecta”. Aparentemente, el propósito es desplazarlo de sus aspiraciones políticas, respondiendo a la vieja máxima atribuida a Joseph Goebbels: “repite mil veces una mentira y se convertirá en verdad”.
Al mismo tiempo, esas mismas personalidades promueven a otros actores que fueron protagonistas en procesos electorales pasados, no por haber resultado victoriosos, sino por haber encabezado campañas que, en su momento, fueron calificadas como las más costosas de la historia. Sin embargo, pese a los cuantiosos recursos invertidos, no lograron imponerse en las urnas.
En el mundo de la razón, la ciencia y los sustantivos, esa narrativa se derrumba cuando se plantean las siguientes preguntas: ¿cómo es posible que no conecte quien pasó de un 5 % a un 30 % de apoyo electoral? ¿Conectan quienes, aun estando en el poder, han visto desplomarse sus niveles de simpatía? ¿O quienes, pese a gastar sumas millonarias, no lograron conquistar el respaldo mayoritario de la población? Por el contrario, muchos de ellos terminaron desmoronándose políticamente al ser caricaturizados por la población, incapaces de abordar siquiera los problemas más elementales de la nación.
La insistencia en imponer en el imaginario colectivo la idea de que Leonel no conecta demuestra, precisamente, la dimensión de su liderazgo. A pesar de que contra él se han dirigido el sable y la bayoneta, permanece de pie en el corazón y la mente de muchos dominicanos, semejante a una colina que se eleva hacia lo más alto del firmamento nacional.
Quienes no comprenden la naturaleza de ese liderazgo creen que pueden derribarlo con narrativas superficiales y acusaciones banales. Sin embargo, Leonel se ha convertido en un sentimiento, al ser visto como el referente que, en un momento determinado, rescató al país de manos inexpertas y lo levantó del polvo, como Lázaro al salir de su tumba, y nos convirtió en la estrella del Caribe, que hoy, por la improvisación, parece eclipsada.