Por José Manuel Guevara Acosta
Cuando llegan las elecciones, los políticos se convierten en los mejores amigos del pueblo. Caminan por las calles con una sonrisa fingida, abrazan a quienes nunca han mirado antes, se sientan en la mesa del pobre y prometen que todo cambiará. Se les ve en los barrios más olvidados, estrechando las manos callosas de personas humildes y esperanzadas, compartiendo un plato sencillo de hojuelas o yaniqueques, besando a niños cuyos nombres desconocen.
De repente, el campesino olvidado, el obrero explotado y el vendedor ambulante se convierten en su prioridad, pero solo hasta que depositan su voto. Un amigo decía: «El hombre pobre solo vale en tiempo de campaña». Y es cierto, porque una vez los políticos alcanzan el poder, las promesas se desvanecen como el humo. Ya no hay cenas, ni siquiera un café en casas humildes, ni abrazos para quienes duermen en las calles. La pobreza vuelve a ser invisible y aquellas promesas de cambio resultan ser solo palabras vacías.
Los mismos políticos que compartieron con el pueblo y con los obreros humildes, que besaron niños con moscas en el rostro y sonrisas falsas, ahora se esconden en sus lujosos despachos blindados, los mismos que juraron cambiar. Ya no hay sonrisas, ni palabras de aliento, ni falsas muestras de afecto. Lo peor de todo es que su hipocresía es evidente, porque mientras abrazaban a un anciano con ropa gastada, ya estaban preparando la vestimenta que usarían después para seguir con su engaño.
Hacen promesas vacías a los barrios y a las juntas de vecinos, promesas incalculables con la única intención de salir rápido de allí. Todo es un teatro donde la miseria se usa como escenografía y la esperanza como un guion desgastado. El pueblo siempre ha servido de escalón para que los corruptos suban al poder, y una vez arriba, patean la escalera. Así convierten el gobierno en un círculo cerrado, donde los mismos de siempre se benefician mientras el pueblo sigue sumido en el abandono. Se olvidan de las calles que recorrieron, de las lágrimas fingidas, de las manos estrechadas y de los pactos sellados solo para la foto.
El campesino sigue abandonado, el obrero sigue explotado, el pobre sigue en la calle, pero ellos, cómodos en sus oficinas, solo vuelven cuando necesitan votos.
El problema no es solo que los políticos sean corruptos, el problema es que lo sabemos y aun así muchos siguen creyendo en su teatro. Porque, después de todo, la «esperanza» es lo último que muere, y ellos lo saben. Por eso la explotan, la manipulan y la desgastan, hasta que llegan las próximas elecciones y el ciclo comienza otra vez.
¿Seguirá usted valiendo solo en tiempo de elecciones, o esta vez elegirá con conciencia a quienes de verdad procuran el avance de los pueblos? Este es un país subdesarrollado donde todo ascenso en la vida social depende de la política. Exhortamos a elegir bien a nuestros representantes, desde el gobierno local, las cámaras altas y bajas, y sobre todo, en lo presidencial.
La mayoría piensa como lo expresado anteriormente, pero debemos seguir cambiando y apoyando a los políticos que realmente se preocupan, no solo por su bienestar, sino por el de toda la colectividad.
El autor es abogado y docente.