Las aceras y calles del centro de Barahona han dejado de ser espacios para la gente. Hoy se exhiben mercancías como si fueran vitrinas privadas, desplazando peatones y desordenando la ciudad. Lo que debería ser de todos, se lo han apropiado unos pocos sin consecuencias.
Comerciantes abusadores han convertido las vías en parqueos exclusivos y pasillos de venta. La impunidad es evidente, y la falta de regulación efectiva agrava el caos. Caminar por el centro se ha vuelto una carrera de obstáculos impuesta por intereses particulares.
La Alcaldía guarda un silencio que pesa más que el desorden mismo. Su inacción envía el mensaje de que violar el espacio público no tiene costo. Cuando la autoridad se ausenta, el abuso se institucionaliza.
El caso en la entrada del barrio Enriquillo es una señal alarmante. Se levantó una estructura para un negocio privado en un espacio público, sin reparos ni transparencia. Es un precedente peligroso que legitima la ocupación ilegal.
Si esto continúa, Barahona perderá no solo orden, sino dignidad urbana. Hoy es una acera ocupada; mañana será cualquier rincón del pueblo. Defender lo público no es opcional: es urgente y necesario.