Cuando me quedé solo en la sala de redacción

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Por Edward Chá

Cuando llegó el nuevo gobierno, me quedé solo en la redacción. Mis colegas abandonaron todos los grupos de Whatsapp. Crearon nuevos grupos donde, en lugar de compartir noticias, recomiendan restaurantes y hablan del Dow Jones.

Todos mis colegas pasaron a ocupar una plaza en el gobierno, a veces dos. Y si no habían plazas disponibles, se las inventaban. Nunca entendí el afán del gobierno del cambio de reducir la nómina de los periódicos y canales de televisión. ¿O quizá fui yo que estuve rodeado de perremeístas todo el tiempo sin advertirlo? Es improbable. Mis colegas no tenían tiempo para hacer activismo social, apenas lo tenían para comer las migajas que les permitía el periodismo (profesión que nadie respeta en este país y que cualquier impresentable ejerce sin la preparación necesaria).

¿Qué pasó? ¿Qué extraño mecanismo los llevó a la administración pública a ganar cifras hermosas trabajando la mitad de lo que trabajaban en el sector privado? ¿Qué suerte de milagro ocurrió?

Nada del otro mundo. Mis colegas no eran perremeístas. Pero tenían un amigo o un pariente que sí lo era. Tenían fuertes vínculos de amistad o de sangre con alguno y los perremeístas antes que perremeístas son familiares y amigos, por eso pensaban en ellos antes que en sus compañeros de partido cuando tocaba postular a alguien para una posición en el Estado.

Tal parece que yo me quedé solo en la redacción por mal amigo y mal sobrino. ¡Debía ser por eso! Cuando contactaba a alguien que sabía que había abordado el tren gubernamental, me miraba con cara de:

—¿Dónde estuviste tú mi pasado cumpleaños?

Si, por otro lado, doy por verdadera la hipótesis de que reclutaron a todos los periodistas, de que había una orden superior para vaciar las redacciones, tampoco quedo bien parado. Yo no creo posible esta hipótesis, pero la expongo aquí en nombre de la ciencia. Yo pienso que el gobierno no tiene esos niveles de organización.

Pero hagamos un ejercicio especulativo y demos por válida y cierta esa teoría. Los resultados no serían nada halagüeños para mí como ya comenté. Porque llevarse a todos los periodistas y a mí no llevarme es una negación a mi condición de periodista. De otro modo, ¿por qué la indeseable exclusión?

Lo cierto es que, ahora que periodista y funcionario son prácticamente sinónimos, me da un poco de pena admitir que no tengo un carguito. Cuando me presento como periodista, inmediatamente me preguntan:
—¿En qué institución trabajas?

Me da hasta vergüenza mostrar mi carné de periodista en la calle. No vaya a ser que un policía me arreste por ser un individuo sospechoso y me confundan con un terrorista.

¡Qué estrés!

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