En la comunidad de Polo, el café vuelve a despertar el sueño de los jóvenes

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Gabriela Read

No hay muchas opciones para la juventud de Polo, el municipio de Barahona conocido por la ilusión óptica del Polo Magnético, por su economía, fundamentalmente cafetalera; por sus agradables temperaturas, y más recientemente, por Mata de Maíz, un atractivo río de aguas turquesa que se ha convertido en la sensación de las redes sociales. 

La biblioteca de Polo tiene libros, pero se encuentra cerrada. El Centro Cultural tiene instrumentos (donados por Danny Rivera), pero nadie los toca porque no hay maestros que enseñen. Algunos jóvenes practican béisbol, pero el play está en reparaciones desde hace meses, de acuerdo al testimonio de los poleros. 

Esta falta de opciones motivó la creación de la Plataforma Juvenil de Polo, que desde hace algunos años desarrolla actividades ancladas en el ecoturismo y la protección del medio ambiente. El colectivo, que surgió en el año 2006 como parte de una iniciativa de la organización CESAL, se desintegró cuando la mayoría de los miembros se marchó del pueblo, y fue retomado en el 2015 por aquellos jóvenes que en la primera etapa contaban con apenas 14 o 15 años, y que años después, sensibles al tema medio ambiental, vieron el potencial ecoturístico de la comunidad. 

“Polo es café”, dice Bruce Cuevas, de 34 años, cuando se le pregunta por qué, sin ser caficultores, decidieron vincular los distintos emprendimientos de la plataforma a este cultivo.

Junto con la experiencia de conocer el río Mata de Maíz, este grupo ofrece a los visitantes la posibilidad de ir a una finca de café, tener la experiencia de la interpretación de un sendero, ver el proceso de producción de la bebida, incluyendo su tostado artesanal en casa de una señora de la comunidad, y adquirir café de una marca desarrollada por uno de sus miembros.

La iniciativa de estos jóvenes poleros abre un camino interesante para las comunidades cafetaleras, ubicadas en su mayoría en los territorios más pobres del país, pues muestra que es posible explorar nuevas formas de desarrollo económico más allá de su cultivo, una actividad económica poco atractiva para los jóvenes, como lo demuestran estudios recientes. 

El año pasado la organización Oxfam realizó un estudio sobre la situación de jóvenes y mujeres en el sector rural de las zonas fronterizas del país donde se encuentran la mayoría de los territorios cafetaleros. Los resultados de esta encuesta mostraron que aunque la agropecuaria continúa siendo la principal actividad económica en esos lugares, el 58.7% ya no participa  ni directa ni indirectamente, y en el caso del café en particular, solo el 20.8% de los encuestados se dedican a su cultivo.

Las cifras no son para extrañarse. Hace años que la caficultura nacional viene enfrentándose a grandes retos: los impactos de la broca y la roya del café que afectaron el 70% la de los cafetales entre los años 2006 y 2016, según estadísticas del Indocafé, las fluctuaciones en los precios internacionales y la falta de políticas públicas a favor de los cultivadores, han hecho que el café no sea una actividad económica atractiva para las nuevas  generaciones.

En lugares como Polo, pese a la baja producción en relación a su pasado glorioso, el café es una cultura que continúa viva en la comunidad. Además, dentro y fuera de Polo, los territorios cafetaleros son ambientalmente sensibles y su producción aporta más que la bebida que alegra nuestras mañanas: al ser un cultivo de sombra, aporta bosque, biodiversidad y protección de las cuencas.

“Hemos entendido que el café es un gran producto para el turismo. Detrás de una taza de café hay un proceso largo. Vendemos a los visitantes un paquete con opciones en las que pueden visitar una finca, conocer la producción, sus distintas variedades, cómo se tuesta…, explica Ronald Féliz, de 27 años. “Estamos tratando de dinamizar lo que es nuestra economía y mitigar la migración de los jóvenes hacia otra localidad”, añade.

Resultados de un estudio

Un estudio diagnóstico de la caficultura nacional, realizado el año pasado por la organización Oxfam, encontró que más allá del apoyo técnico  para la producción, los territorios cafetaleros están urgidos de políticas públicas de desarrollo integral que aborden problemas como la ausencia de infraestructuras para la producción, la escasez o nulidad de servicios básicos, la creación de nuevos mercados, entre otros.

Entre las principales demandas de los caficultores recogidas en este documento, se encuentra el relevo generacional, a partir de involucrar a los jóvenes en otros eslabones de la cadena de valor del café que no son su producción y crear proyectos alternativos vinculados al café, además de la capacitación de jóvenes en microemprendimientos.

Para dar a conocer ese diagnóstico, la organización ejecuta la campaña “Un café por…”, que tiene por por objetivo visibilizar la situación del sector contando las historias que hay detrás de la taza,  sensibilizar al público consumidor, e integrarlo a las demandas de los jóvenes y las mujeres caficultoras. Estas historias están disponibles en la página web: www.historiasdetrasdelataza.org

Fuente: Listín Diario

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