Cuando la viralidad vence a la verdad

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Pablo Mackiney

Uno de los grandes dramas de la Era de la Posverdad en que vivimos es el hecho confirmado de que una noticia falsa, llegará a muchas más personas que su desmentido. Para ser más exactos, digamos que de cada 15 consumidores de una noticia falsa, apenas uno leerá el desmentido y sus aclaraciones.

Un buen ejemplo de esto, fue aquel tuit falso de Donald Trump contra The New York Times en la campaña de 2016, que fue leído por 35 mil usuarios, y el desmentido del diario apenas por 2,600.

En el patio nacional, hemos tenido el caso del administrador de Edesur, Milton Morrison, quien por una errónea generalización periodística fue acusado de haberse aumentado su salario. Pero resulta que al desmentir la falsa información, Morrison no solo demostró que no se había elevado el salario sino que, además, utiliza su propio vehículo en sus labores, no hace uso de la asignación de combustible ni de la tarjeta de gastos de representación por 150 mil pesos que le corresponden, y hasta rechaza el pago de boletos y de viáticos cuando realiza algún viaje de trabajo.

No sabe uno cuántas de las personas que escucharon la acusación a Morrison escucharon sus explicaciones sustentadas en evidencias… pero !a quién le importa ya! en la Era de la posverdad, de la política y el periodismo como espectáculo, el politainment que dicen los expertos. En fin, que el diabólico jefe de propaganda nazi, Joseph Goebbells tuvo razón cuando de los griegos (que lo dijeron todo) copió aquella frase, de que una mentira repetida infinidad de veces termina convertida en “verdad”. O más exactamente, “miente miente, que algo queda…” ¿Adónde nos conducirá este nuevo tipo de periodismo que las inmediatez de la era internet nos ha traído? Como en el bolero, sabrá Dios. “Uno no sabe nunca nada”. Aunque sí sabe uno que ya somos la sociedad del espectáculo que presagió Guy Debord en su obra de mismo nombre.

Una sociedad de solitarios digitales donde la viralidad, lograr que una noticia se haga viral, es mucho más importante que la verdad. Y pensar que mi maestro Umbral, me dijo una vez en los Madriles: “Difundir una noticia: No, qué horror, jamás. Pero en cambio he difundido muchos rumores (…) porque el rumor, la calumnia sutil, imponen imaginación, adivinación, instinto, inventiva, mientras que la noticia la da mejor una computadora”.

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