La historia dominicana tiene su memoria

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Rafael Nuñez

Nacido y formado en un sector de la capital dominicana dos años antes del ajusticiamiento del más cruel dictador que hemos tenido, solía corretear y jugar por las calles del ensanche La Fe, de Arroyo Hondo Viejo y de La Agustina sin que en estos tiempos mi disco duro guarde alguna imagen de haitianos pululando en todo esa zona.

Así transcurrieron las décadas de finales de los sesenta y los setenta. Ocurría igual si uno se movía a cualquier otro destino del país, salvo que fuese una zona de bateyes. Lo más cercano a un haitiano que mis ojos de niño, y luego de adolescente, observaron en el barrio fue a un hombre de origen inglés, de apellido Thompson de quien nadie nunca supo su nombre de pila pues todos le decíamos “El Inglés”.

Con un sombrero de fieltro ajustado hasta las cejas, que había abatido la inclemencia del tiempo y con unos ojos de vidrio cuarteado que sobresalían de una tez negra plomiza, aquel extraño se hundía en una soledad que me parecía eterna, bajo el cobijo de una casa de madera y zinc de la respaldo Lope de Vega.

Hablaba la lengua de Charles Darwin y Winston Churchill, un idioma que para los muchachos del barrio era incomprensible. Su soledad no pocas veces me intrigó; sin embargo, nunca llegó a crear pavor entre nosotros. Insisto, “El Inglés” es el más cercano recuerdo a la figura de un haitiano debido a su fisionomía, aunque no lo era porque pertenecía al puñado de ciudadanos de las islas inglesas (“cocolos”) que se asentaron en distintos puntos de República Dominicana para integrarse a la actividad productiva, esencialmente en la industria azucarera.

Aunque el acarreo de haitianos para el corte de la caña de azúcar en los bateyes se afianzó en la tiranía trujillista, alcanzando su mayor esplendor entre 1949 hasta 1958, y posteriormente continuó en los llamados 12 años de Joaquín Balaguer, la debacle de indocumentados hacia nuestro territorio vino después.

La pobreza extrema y la inestabilidad política, además de la inseguridad y la violencia, son las razones principales de los flujos migratorios hacia la parte este de la isla, provocando un impacto en el mercado laboral, pero además en las finanzas públicas dominicanas.

Ya sea a través de un protocolo de contratación o por cuenta propia, los haitianos huyen desde hace muchas décadas por las razones que hemos descrito, pero también debido a la discriminación racial en su propio lar y por la injusta distribución de la escasa riqueza, tema este último que quiso zanjar Tousaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines invadiendo la porción este, luego que alcanzaron la independencia y abolieron la esclavitud en 1801.

En las contrataciones guiadas hubo de todo. La historia está ahí y nadie la puede cambiar, pues la desidia del Estado dominicano en aquellas contrataciones para el corte de la caña se hizo presente, como en las que se producen ahora de manera individual para labores agrícolas y en la industria de la construcción. Es, sin embargo, el momento de ponerle freno a todo este tipo de trato, inhumano en muchas ocasiones, pero esa falta no es óbice en este tiempo para intentar colocarnos a la defensiva a los fines de que el Estado no ejerza el rol que debió asumir hace tiempo.

La migración haitiana comenzó primero tímidamente
El primer censo de que se tenga noticia, llevado a cabo durante la ocupación norteamericana en 1920 registró 5 mil haitianos. Cien años después, ninguna autoridad dominicana, haitiana mucho menos porque no tienen control ni de cuánto son ellos, está en capacidad de decir qué cantidad de ciudadanos de ese país hay en República Dominicana.

Por aquellos tiempos, los haitianos llegaron a representar el 59 por ciento del total de la población de extranjeros, que alcanzaban la cifra de 47 mil 780, es decir, el 3 por ciento de la población total del país.

Los inmigrantes haitianos se concentraban en una zona específica: alrededor de los campos de caña. Aquel censo los detectó en Monte Plata, Barahona, San Pedro de Macorís y El Seibo, esencialmente aunque había en otros bateyes fuera de esas provincias. El tráfico legal o ilegal de haitianos hacia República Dominicana no se había convertido aún en el principal negocio para los dos Estados, como ocurrió por buenos años durante las dictadoras de Jean-Claude Duvalier y Trujillo.

Ya en el año 1937, la cantidad de haitianos alcazaba la cifra de 200 mil. Con el declive posterior de la industria azucarera, la mano de obra haitiana migró a labores agrícolas, así como para el sector de la construcción. Como se ha propuesto el actual gobierno de regular a todos los inmigrantes extranjeros que viven o lleguen al país, es momento para que el Estado aplique sus leyes, cumpla con la Constitución, especialmente con aquellas normas que adquirieron la categoría de jurisprudencia evacuada por el Tribunal Constitucional en lo atinente a la migración de ciudadanos nacidos aquí, de padres haitianos.  

He insistido con una expresión: me cuento en el grupo que conforma la mayoría de dominicanos que ante la realidad insoslayable de Haití y la actitud irresponsable de las élites política y empresarial de esa nación, mantengo el criterio de que no se debe predicar ni el prohaitianismo ni el antihaitianismo, sino la dominicanidad más pura. En esta época, esa migración de haitianos constituye un peligro para todos los vecinos, incluidos países sudamericanos.

Los dos pueblos estamos obligados a buscar soluciones individuales a los problemas ancestrales. República Dominicana avanzó de ser un país al que España soltó a su suerte porque en ese momento solo representábamos un dolor de cabeza, para convertirnos en una nación pujante. Tenemos mucho terreno por recorrer en todos los órdenes, pero los avances que hemos alcanzado no permitamos que se tiren por la borda debido a miopía o cobardía.

El presidente Luis Abinader hace muy bien fijando una posición que en ciertas esferas de poder hegemónico no agrada, pero pasará a la historia si eso tiene continuidad de política pública porque representa con dignidad los intereses del Estado dominicano.

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