Mirar “pa´trá” y “pa´lante” en salud mental

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Juan Salazar

Era imprescindible cuando irrumpió en el país la pandemia del Covid-19, en marzo de 2020, fijar toda la atención y recursos al combate de una enfermedad que ha dejado una estela de luto y dolor difícil de olvidar.

Fueron meses de un temor generalizado e incertidumbre a escala planetaria frente a un virus cuyas secuelas todavía, dos años después, resultan inescrutables.

Tanto es así que la semana pasada entrevisté al científico mexicano José Luna Muñoz, asesor de la Universidad Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) en la operación del Banco Nacional de Cerebros instalado en esa academia, quien destacó la posibilidad de que el Covid-19 provoque alteraciones neurológicas en afectados por el virus.

Citó que algunas personas que padecieron el coronavirus han revelado que no piensan como antes, se les olvidan algunas cosas, tienen alteraciones del sueño y están muy irritables.

“Qué está sucediendo con este virus del SARS COV-2 en el cerebro, no lo sabemos” fue el razonamiento que hizo al poner de manifiesto cómo sigue en nebulosa todo lo relativo a las huellas dejadas por el mortal virus en otros órganos del cuerpo humano.

Pese a todo lo imprevisible alrededor del Covid-19, hay un aspecto que sí fue advertido por psiquiatras y sicólogos, cuando vislumbraron con tiempo los embates que provocaría el virus en la salud mental de amplios segmentos de la población.

El confinamiento, los toques de queda, la muerte que acechaba constantemente, pavor a un contagio, las restricciones, presiones para obligar a vacunarse, quiebra de negocios y pérdidas de empleos, lo que agravó el conflicto Rusia-Ucrania, configuraron un nicho ideal para un auge de los trastornos mentales.

A las habituales deficiencias de los servicios en esa área, se sumó que personas diagnosticadas con diversas condiciones mentales abandonaron los tratamientos, las camas y consultas en el área se restringieron y unidades de intervención en crisis emocionales fueron dedicadas a la atención de Covid-19, en un momento que miles debutaron con alguna afección de ese tipo en medio del prolongado confinamiento.

Quiero recordarles con este párrafo el planteamiento de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) cuando el virus apenas comenzaba a inquietar: “Actualmente, la prioridad es salvar vidas, fortalecer las medidas de salud pública, de higiene y saneamiento. Sin embargo, las necesidades emocionales de las personas requieren atención o, de lo contrario, esto puede resultar en una epidemia silenciosa, causando graves daños a las personas, a la sociedad y a la economía”.

El reflejo del descuido y la falta de previsión, pese a las premoniciones de la OPS y profesionales de la conducta que ahora nos dan en la cara, lo vemos a diario en cualquier rincón del país, al alcance de un clip o un dedazo a través de medios de comunicación y los recursos de internet, especialmente las redes sociales.

La violencia disparada al más alto nivel, la intolerancia desbordada, falta de empatía, estados visibles de ansiedad, depresión, quiebres emocionales ante cualquier mínima adversidad, desconfianza en el futuro del país y en sus autoridades, frustraciones, deterioro de la convivencia, resquebrajamiento de la armonía social e irrespeto por la vida.

Episodios como el del amigo que mata a un ministro en su despacho y el de una madre que golpea salvajemente a su hija menor de edad porque alega que el padre no la mantiene, son muestras inequívocas de que la salud mental de los dominicanos se mueve por un terreno pantanoso.

Y para contener ese río desbordado y a punto de salir de su cauce, se requieren con urgencia intervenciones de salud mental y apoyo psicosocial con un enfoque comunitario.

Llevar por lo menos a la etapa de pre pandemia, el seguimiento a las personas con trastornos mentales diagnosticados y otras aquejadas por el uso de sustancias, que abandonaron tratamientos debido al confinamiento y a  la crisis económica dejada por el virus.

Así como las autoridades han puesto tanto interés en la recuperación del turismo y de otras actividades económicas, volcando fondos hacia esas áreas, se requiere también destinar los recursos que sean necesarios para garantizarle a la sociedad estabilidad emocional.

En este caso mirar “pa´ trá” y “pa´ lante” es igualmente conveniente. Atrás para ver lo que hemos ido perdiendo por la falta de previsión y adelante para ponerle freno a esta otra pandemia tan preocupante como la del Covid-19.

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