De cara al sol

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Tony Pina

Siempre, desde niño cuando ignoraba los números para decidirme por la historia y la gramática, tuve conciencia de que hay dos clases de periodistas: los chismosos y los académicos.

Oía incluso cómo llamaban “jabladores” (así con jota) a los corresponsales de los pueblos que despachaban los sucesos de sus respectivas demarcaciones hacia los periódicos donde laboraban en Santo Domingo.

Un día, viviendo mis lindos días de mi adolescencia en Sabana Grande de Boyá, fui testigo de cómo un síndico insultaba a Tony Reyes, locutor de Radio Boyá y donde yo iba casi todas las tardes a ver cómo era que se leían las noticias.

Pero aún a sabiendas de que ejercer el periodismo es exponerse a la maledicencia pública y contrario a los deseos de mi familia (mi abuelo Arcadio Alcántara quería pagarme mis estudios en el politécnico Loyola para que cursara perito en Agronomía, mas no le hice caso) y así fue como vengo a Santo Domingo a realizar el cuarto año del bachillerato en el liceo Manuel Rodríguez Objío porque se impartía ahi Filosofía y Letras, para luego seguir mis estudios académicos.

Vestido de caqui, como un guardia, llegaba a Gazcue, donde todos los muchachos de mi edad estudiaban en los colegios más caros de la época. Yo nunca me avergoncé de estudiar en un liceo público, que por la mañana se llama Instituto de Señoritas Salomé Ureña), y así cursé mi bachillerato con Abil Peralta y Emigdio Sosa, quienes desde entonces son mis amigos.

Eran mis años en que aprendí a pisar las calles de la capital pisando las calles de la Zona Colonial.

Fui formado matando pajaritos con un tirapiedras, acorralando a pelo de caballo el ganado de mi abuelo para que lo ordeñaran a las cinco de la mañana del siguiente día, o pescando con un anzuelo ¡a ver si se enganchaba una guabina o un anguilla!, lo que raramento se producía), pero correteando en montes en Plazacacique o tirando piedras en Boyá dejé mi niñez en esos lugares que cuando los veo tan atrasados como antes me parte el alma.

Todo esto viene a colación a propósito de un libelo colgado por enemigos míos del Movimiento Marcelino Vega, un movimiento que adversé desde enero pasado por considerar que se alejó de los principios que le dieron origen.

El libelo autoría de un sinvergüenza, que ni periodista es pero que su principal arma es el chantaje, señala que valiéndome de mi condición de secretario general del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) obtuve una visa para Estados Unidos. ¡Nada más falso que una vulgar mentira!

Tengo visa norteamericana desde 1990, cuando laboraba en el desaparecido periódico Ultima Hora, y la entregué cuando me fui a vivir a Ciudad México, en el 2009.
Luego de mi elección en el CDP tengo que viajar en asuntos institucionales, por lo que solicité nuevamente la renovación de mi visa (y hasta no pude viajar a Nueva York, en octubre pasado), porque no tenía visa, por lo que gestioné como un ciudadano más ante el Centro de Aplicación de Visas de Estados Unidos ubicado en Galería 360, pagando el PIN y los honorarios hasta de un buscón, para solicitar visa.

Como era una renovación, obvié todos esos trámites, y me citaron el 1 de noviembre pasado cuando el cónsul que me tocó nada me preguntó para otorgarme la visa, ni tuve que mostrarle mis papeles de profesor del Instituto Dominicano de Periodismo (IDP), la carta de Secretario General del CDP, otra carta del programa de las Naciones Unidas para la Infancia (UNESCO), organismo a los cuales le hago trabajos profesionales cada vez que me solicitan y otra carta del Centro Bonó, que periódicamente me solicita para trabajos de investigación académica.

Pues, ese señor Ogando, quien me pidió que le firmara una carta donde se hiciera constar que él es periodista colegiado, a lo cual por ética y principios me opuse, se ensañó conmigo y aprovechó que “renunció”, sin ser periodista, al movimiento Convergencia, porque tampoco el presidente Adriano de la Cruz, quiso hacerle la carta porque eso era ilícito.

No seré más serio que nadie, pero mi seriedad viene desde lejos; desde los montes de Boyá y Plazacacique, en la provincia Monte Plata, cuando mi vida comenzó a gestionarse en la soledad de la barranca de algún río o arroyo, o de un monte alejado de mi pueblito.
MI presencia en el CDP se debe a una posición académica y no de chismes. El periodismo mío siempre ha sido académico, de investigación, y jamás de chismes. Es una impronta de orgullo en mí mismo.

Estoy en la Secretaría General del CDP porque quienes me conocen saben de mi ética y de mi profesionalidad. Confiaron y confían en mí.
No tengo un chele, pero duermo bien, porque nunca me arrodillé a ningún funcionario ni a ningún político, pero duermo plácidamente sin conflictos conmigo mismo ni dolores de cabeza.

Abandoné la política hace ya muchos años, cuando murió José Francisco Peña Gómez con quien conocí a Europa porque a sus viajes mi invitaba yo apenas haciendo pininos en el periodismo y quien siempre me metió la mano económicamente y hasta me recomendó en mi primer trabajo: reportero de Noti Tiempo (Radio Comercial).

Mi conducta es pública, jamás oculta. Tengo muchos amigos y enemigos, incluyendo ahora los compañeritos del movimiento Marcelino Vega, quienes en el libelo de Ogando han encontrado caldo de cultivo para frotarse las manos y distribuirlo por todas su redes.

Pero estoy siempre de cara al sol, como no pueden estarlo los que depredaron el CDP dejándolo en la bancarrota, utilizando para su provecho hasta los cien pesos que por cada votante penalizaron, es decir, llegando a dilapidar la suma de 185 mil pesos por ese concepto, suma que ni siquiera le dieron ingreso en los libros de contabilidad del CDP.

Pero se cogieron también, el 3 de marzo de este año, en pleno proceso electoral, el avance de 774 mil pesos por concepto del derecho al techo de una antena de una empresa telefónica.

Ni siquiera dejaron en caja ni en banco para el pago de la nómina de los escasos diez empleados, y tienen el tupé de negarlo porque creen que negar es desmentir cuando negar es probar con documentos todo lo contrario de una acusación.

Esos son quienes distribuyen el libelo en mi contra, pero no hace daño el que quiere sino el que puede.

Reto a cualquier marcelinista, incluyendo al saliente presidente Olivo de León, a que pruebe que es más serio que yo, a que diga que no se le pegó atrás un chele de su gestión.

Soy el secretario general del CDP, en consecuencia no brego con cheles; con mi dinero que recibo como profesional es que brego, porque ni negociante he sido nunca para gustarme el cheleo, como les gusta a los chinos o a los banilejos.

El reto está echado; asuman el desafío mis contrarios y exhibamos y demostremos transparencia, porque la mujer del César no sólo debe ser seria sino que debe aparentarlo.

Yo estoy inmerso en una carrera por lograr elevar el nivel de academicidad del CDP.
En eso se inscribe el anteproyecto que entregué al Senado sobre la preservación de la memoria histórica del país a través de la desclasificación de documentos.

Reto a los marcelinistas (y perdonen la vanagloria) a que redacten documentos o hagan propuestas académicas para que los periodistas dejen de chismear y sean más académicos.

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