Un boleto sin garantía, la triste realidad detrás del mostrador de las bancas de apuestas
Sin baños, con sueldos bajos y horarios abusivos, trabajadores de bancas de lotería sostienen un negocio millonario en condiciones laborales deplorables.
En República Dominicana, es casi imposible caminar unas pocas cuadras sin toparse con una banca de apuestas. Ya sea de lotería o deportiva, estos negocios han proliferado en todo el territorio nacional a un ritmo que muchos califican de alarmante.
Las bancas de apuestas mueven millones, pero las mujeres que las operan apenas ganan lo justo para sobrevivir. Largas jornadas, escasa seguridad y beneficios laborales son parte del día a día de estas trabajadoras que ni un baño tienen para su uso. invisibles. En este juego de números y promesas, ellas ponen el esfuerzo… y la casa nunca pierde.
Aunque su presencia es constante y fundamental, pocas veces se habla de ellas. ¿Quiénes son las mujeres que sostienen este negocio desde el mostrador? ¿Qué historias laten detrás del cristal?
Este reportaje de Panorama se adentra en su mundo: una mirada honesta a sus condiciones laborales, rutinas, riesgos cotidianos y al papel silencioso, pero vital, que desempeñan en la economía informal dominicana.
«Sueño con ser periodista, pero no me da»
Entre las trabajadoras de bancas de apuestas está Estephany Zamora, una joven que lleva cerca de dos años laborando para el consorcio de bancas La Estrella, ubicado en Los Mina. En conversación con Panorama, narró su rutina diaria: trabaja de 8:00 de la mañana a 3:00 de la tarde, con solo un día de descanso intercalado, es decir, un domingo sí y otro no.

Además, relató que no cuenta con una hora específica para almorzar. “Yo me la juego para comer, y me la trago como quien dice porque no tengo break para comer”, expresó con resignación.
Las condiciones no mejoran cuando necesita atender sus necesidades básicas: su lugar de trabajo ni siquiera tiene un baño disponible. “A mí lo que me ayuda es que vivo cerca y puedo ir a mi casa”, comentó.
La precariedad se extiende al aspecto económico. Su salario es de RD$6,500 quincenal, una suma que considera insuficiente para sostener a su familia. Es madre de una niña pequeña y su pareja trabaja como motoconchista. Entre ambos apenas logran cubrir lo básico, y confiesa que aspira a recibir alguna ayuda del Gobierno, como una tarjeta de asistencia social.
Lo más difícil, afirma, es el bajo sueldo y la falta de tiempo libre. “En mi condición laboral, el sueldo es muy poco, y también esos únicos días libres. Yo creo que deberían dar todos los domingos libres”, manifestó.
Uno de sus sueños es estudiar Periodismo, pero lo ve lejano debido a lo poco que gana y a las responsabilidades económicas que comparte con su esposo. Ambos luchan por mantener a su pequeña hija, a quien ella deja en el cuido por las mañanas y luego recoge para llevarla consigo a la banca, donde permanece con ella hasta terminar su jornada.
Solo legales hay más de 70 mil bancas y contando
Según datos del Ministerio de Hacienda, hasta octubre de 2023 se habían registrado oficialmente más de 70,000 bancas de lotería, entre puntos de venta y concesionarios acogidos al plan de regularización implementado por la Dirección de Casinos y Juegos de Azar.
“Yo me la juego todos los días”: la vida de Sharon tras el mostrador de una banca
Sharon Maleno lleva casi siete años trabajando en una pequeña banca llamada La Navidad, en el sector Los Prados. Cada mañana, desde las 8:30 hasta las 2:30 de la tarde, atiende a decenas de clientes que llegan con la esperanza de cambiar su suerte. Aunque está formalmente contratada, su realidad laboral está lejos de ser ideal.
“Gano 7,500 pesos quincenal, o sea, 15,000 al mes”, explica Sharon. Tiene seguro médico y recibe algunos beneficios como el sueldo de Navidad y un bono adicional, lo que la hace sentirse “un poco más formal que otras compañeras”. Sin embargo, su espacio de trabajo es reducido y tampoco cuenta con un baño. “Yo voy donde una amiga que vive detrás. Los domingos, que no está, tengo que ir al colmado, pero eso siempre está lleno de hombres”, dice, dejando ver el nivel de incomodidad que enfrenta.
Sin pausas ni privacidad
No tiene hora de almuerzo. Come mientras trabaja, como muchas otras mujeres en este tipo de empleos. Y aunque su jornada parece corta en el papel, la carga emocional y física no lo es. “La gente es lo más difícil. Aquí viene de todo: algunos clientes son tranquilos, pero otros hablan muy mal. Y yo no soy una persona de eso. Yo trato de mantener la calma, pero no es fácil”, confiesa Sharon.

Pese a no haber sido víctima directa de un atraco, sí ha vivido episodios de engaño con dinero falso. Su entorno, un colmado, un puesto de vender empanadas y una parada de motoconchos, le da cierta sensación de seguridad, pero siempre está atenta.
Entre la banca y la familia
Sharon es madre de tres hijos. El mayor tiene 28 años, la segunda está en la universidad con 26, y el menor, de 16, aún vive con ella. “De lo que gano, solo me quedan como 500 pesos, porque el alquiler son 7,000. Gracias a Dios mi hijo mayor me ayuda”, cuenta. Con lo poco que le queda, mantiene a su familia “a retazos”, como dice ella misma.
Su mayor deseo es sencillo pero urgente: un baño en su lugar de trabajo. “Así no tengo que molestar a la señora de atrás ni ir al colmado los domingos”, insiste. Y aunque reconoce que su empleo le ha permitido salir adelante, el costo personal es alto.
Una banca cada 850 metros
La densidad de estos establecimientos es notable. Estudios apuntan a que en promedio hay una banca por cada 850 metros en el país. En algunas zonas urbanas y rurales, el paisaje comercial está dominado por estos negocios, que en muchos casos funcionan incluso en las cercanías de escuelas, centros de salud y comunidades vulnerables.
Josefina Encarnación: tres hijos, dos turnos y cero garantías
Desde hace tres años y tres meses, Josefina Encarnación trabaja en una banca de apuestas que lleva por nombre La Dinámica. Su rutina comienza a las 8:30 de la mañana y se divide en dos tandas. Gana RD$12,000 al mes, repartidos entre los días 15 y 30, sin bonificación de Navidad y sin seguro médico proporcionado por su empleador. “El seguro que tengo es del Gobierno, con la tarjeta ‘Mío’. Me ayuda con el gas, la luz y la comida”, explica.
Josefina es madre soltera de tres hijas, de 16, 13 y 2 años. Su sueldo no alcanza para cubrir todos los gastos, por lo que depende también de la ayuda estatal. “Cuando alguna se enferma, tengo que pagar a alguien para que me sustituya en la banca y poder llevarlas al médico”, cuenta. Ese reemplazo lo paga ella misma.
Aunque tiene acceso a un baño, no tiene contrato formal ni ha recibido capacitación. «Yo llevé una hoja con mis datos, pero no sé si eso era un contrato real», dice. Su mayor preocupación es la inseguridad. “Han intentado atracarme. Aquí una siempre está expuesta”, afirma.
Si pudiera pedir un cambio, sería claro: «Que aumenten el sueldo y nos den un seguro laboral. Estamos desprotegidas.”
Negocios sin control
A pesar de los esfuerzos del Gobierno por regular el sector, la presencia de bancas ilegales sigue siendo una preocupación. Muchas operan sin permisos y sin supervisión estatal, incluso a través de plataformas digitales, lo que dificulta aún más su control. Algunas denuncias señalan que muchas de estas bancas irregulares estarían ligadas a figuras políticas, lo que complica los procesos de fiscalización.
“Es un fenómeno que se ha salido de control. La cantidad de bancas ilegales que operan a plena luz del día es escandalosa”, expresó recientemente una fuente de la Dirección de Casinos.
“Que suban el sueldo”: el clamor de María Esther Tamarez, empleada de banca en Sabana Perdida
María Esther Tamarez lleva un año y siete meses trabajando en la Banca ODR, ubicada en Sabana Perdida, Santo Domingo Norte. Su jornada es de seis horas diarias, de 9:00 a.m. a 3:00 p.m., y gana RD$5,000 cada quincena, es decir, RD$10,000 mensuales. Aunque su contrato es formal y cuenta con seguro médico, no tiene acceso a bonificaciones ni pago por horas extras.
A pesar de que el salario llega puntualmente, no tiene una hora establecida para almorzar y la banca no cuenta con baño propio, por lo que depende de una vecina para atender sus necesidades. “Eso incomoda, porque uno está en su lugar de trabajo y tiene que estar molestando”, comenta.
María Esther es madre de familia y, aunque hoy no estudia, tiene planes de ingresar a la universidad. Asegura que su ingreso no es suficiente para cubrir las necesidades del hogar, y eso limita sus posibilidades de desarrollo personal. “Con ese sueldo no se sostiene una familia”, admite.
En cuanto a seguridad, relata haber sido víctima de robo, aunque no de manera violenta. Sin embargo, reconoce el riesgo que implica su trabajo: “Una banca siempre es un blanco fácil para los delincuentes”.

A pesar de estas condiciones, mantiene una relación cordial con sus supervisores y valora el ambiente relativamente tranquilo del sector. Aun así, lo tiene claro: “Lo que yo cambiaría es el sueldo. Que lo suban. Eso es lo primero”.
El desafío de regularizar
El gobierno dominicano ha implementado distintos planes para controlar la expansión de las bancas de apuestas, incluyendo censos, cierres de establecimientos no autorizados y campañas para que los dueños se acojan al régimen formal. Sin embargo, el avance ha sido lento y las cifras siguen creciendo.
“Trabajo bien, pero el sueldo no alcanza”: la realidad de Deyanira en una banca Loteka de la Charles de Gaulle
Deyanira de la Cruz es una madre soltera que, desde hace un año y cuatro meses, trabaja en una banca de apuestas Loteka, ubicada en la avenida Charles de Gaulle, en Santo Domingo Norte. Su rutina comienza a las 8:00 de la mañana y termina a las 2:30 de la tarde, un turno que cumple sin una hora formal para almorzar. “Cuando salgo es que puedo ir a mi casa a comer, porque entra la compañera del segundo turno”, comenta.
Su salario mensual es de RD$16,500, dividido en dos pagos quincenales. Aunque cuenta con seguro médico, contrato laboral y bonificación navideña, asegura que el ingreso no le da para cubrir todos sus gastos. “Apenas me alcanza para una parte; lo que ayuda es que el papá de la niña es responsable y cubre el cuido”, explica. Su hija asiste a la escuela por la mañana y es atendida en casa por una señora hasta que Deyanira puede encargarse de ella.
Para complementar sus ingresos, vende productos por catálogo. “Eso me ayuda a tener un poco más, porque con lo de la banca no alcanza”, afirma.
Las condiciones del lugar, aunque básicas, son mejores que en otros casos del sector: tiene acceso a un baño, cobra a tiempo, tiene domingos intercalados como día libre y no ha tenido incidentes con clientes. “Hasta ahora, gracias a Dios, no he tenido que lidiar con clientes agresivos. Me llevo bien con todos”, asegura.
En cuanto a la seguridad, admite que el trabajo conlleva riesgos: “Uno siempre está expuesto, porque se maneja dinero y no se sabe quién puede estar vigilando. Pero, hasta ahora, no he tenido ningún susto”.
Deyanira no recibió capacitación formal por parte de sus empleadores, pero ya tenía experiencia previa. “Me mandaron un tutorial al grupo, y como ya sabía del sistema, no tuve problemas en adaptarme”.
Cuando se le pregunta qué cambiaría de su empleo, no duda en responder: “El sueldo. Trabajo bien, estoy conforme con lo demás, pero lo que gano no es suficiente”.
Diez años tras el cristal: la estabilidad y los retos de Fabiola en una banca de apuestas
Fabiola Duvergé lleva diez años trabajando en una banca de apuestas en Santo Domingo Norte. Con un horario fijo de 8:00 a.m. a 3:00 p.m. y un salario mensual de RD$15,800, su jornada no incluye una pausa formal para almorzar, pero ella se adapta: “Almuerzo aquí mismo, no se puede cerrar el negocio. Si se cierra, se pierde”.
Su motivación principal para mantenerse en el puesto es la cercanía a su hogar y la dificultad actual para conseguir empleo: “Prefiero estar aquí, aunque sea ganando poco, que quedarme en la casa sin hacer nada”.
Fabiola tiene contrato formal, cuenta con seguro médico, vacaciones, salario 13, y un incentivo de 2% dependiendo de las ventas. Aunque no recibe pago por horas extras, asegura que su carga de trabajo es estable. En caso de faltar, debe gestionar un suplente por su cuenta, a menos que sea por una licencia médica.
Es madre de tres hijos, de 18, 7 y 2 años. Gracias al apoyo de su pareja y de su hijo mayor, puede equilibrar su vida laboral y familiar: “Los niños estudian hasta las 4, la pequeña está en un cuido, y el grande me ayuda con los más pequeños. Por eso este horario me funciona”.
Sobre la seguridad, dice sentirse tranquila en su actual ubicación. Aunque no ha sido víctima de ningún robo, reconoce que su mayor temor es un posible atraco: “Eso es lo más difícil. Aquí se trabaja con dinero y cualquier cosa puede pasar”.
¿Qué cambiaría si pudiera? “que las muchachas de la noche no trabajen hasta las 9. Es muy peligroso”.
Fabiola representa a muchas mujeres que, desde el anonimato de una ventanilla, sostienen su hogar con determinación, mientras enfrentan precariedades, riesgos y jornadas sin pausas.
Mientras el país debate cómo regular un sector que crece sin control, miles de mujeres siguen abriendo la ventanilla cada mañana con una esperanza que no se juega en ningún sorteo: la de vivir con dignidad. En medio de la precariedad, ellas sostienen no solo un negocio millonario, sino también sus hogares, sus hijos y sus sueños. Este es su boleto diario, sin premios, sin pausa… y sin garantías.
