La sábana corta y la ambición sin límites
Por Ulises Guevara Féliz
Desde niño escuché a nuestros antecesores hacer uso de este adagio. Quizás por la poca edad no entendía qué querían decir con esto, o pude interpretar que, si la sábana que nos cubría para protegernos del frío era pequeña, teníamos que conformarnos con esta. Luego, a medida que fui creciendo y teniendo uso de razón, entendí perfectamente cuál era el mensaje de esos viejos sabios.
Temprano pude llegar a la conclusión de que lo que ellos querían expresarnos era que fuéramos conformes con lo que tuviéramos o ganáramos; que era como decirnos: no se metan en problemas, que si teníamos cien pesos no procuráramos gastar doscientos, o que no gastáramos más de lo que ganábamos.
Por lo antes expuesto, nuestros antecesores tenían razón. Era una manera de formar hijos e hijas para el bien. Con el correr del tiempo vemos que individuos llegan a un cargo público, ganan un buen sueldo, tienen base económica y familiar, y aun así tienen la cara tan dura que se roban todo lo que les pasa por los lados. Tienen la cultura del robo en su ADN, y es que el que es ladrón no importa lo que tenga o gane: la tentación del dinero se les hace irresistible.
Vemos individuos de la tercera edad metidos en líos, donde de ahí en adelante debemos ir preguntándonos: ¿cuánta vida nos queda por vivir? Ya que hemos vivido más de la que nos queda, en una edad donde, si tienen hijos e hijas, deben estar realizados aunque sea profesionalmente. Entonces la pregunta es: ¿para qué quiere seguir acumulando dinero y de manera ilícita, bárbaro?
Tengan todos y todas un feliz fin de semana y regalen algo muy caro, como lo es una sonrisa.
El autor es procurador adjunto de la Corte de Apelación de Barahona
